A Don Víctor lo Inventé
una tarde en que la
vida se aprovecho de
mi universo onirico

Cuando lo vi triste por primera vez, no fue un domingo, fue un martes en la esquina de aquella calle que ya olvidé.

La mañana era verde y él estaba de espaldas viendo una vitrina de recuerdos rotos.

Lo volví a ver el miércoles, entonces estaba sentado en un escaño de cemento, frente a un teléfono público, tenía un geranio torcido en su mano izquierda y en su mano derecha tenía una carta que nunca escribió a nadie.

El estaba triste, llevaba un abrigo del color taciturno que tiene el olor de las cinco de la tarde la tarde. Su cabello era un follaje tierno, salvaje e inútil, su barba de mármoles historiados y sus zapatos cafés, gastados e inertes, parecían dos ataúdes,

Yo era como el mar, y el mar entero se abría bajo sus ojos sin color.

El se levantó torpe, cansado y caminó como un pajarito herido en medio de aquella tarde que era un holocausto de memorias perdidas.

Yo lo seguí despacito, mientras una jauría de silencios me arrancaba el corazón.

El se metió a un cine donde exhibían una película ya gastada por la soledad de los espectadores.

Yo lo quise esperar frente a aquel edificio mágico, donde se revolcaban las glorias de los celuloides del siglo pasado.

Lo vi salir y se me extravió en medio de las calles que eran un cementerio de transeúntes.

El día siguiente era un jueves y se murió a las ocho de la mañana.

Yo lo invente el viernes y me suicidé el sábado a las tres de la tarde, para envejecer al lado de aquel hombre bueno que fue papá.

 
Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar
Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar
Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar
Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar Haga click para agrandar