El que me hará falta siempre

Yo tuve un hermano, una sola vez en la vida, mi alma gemela, aquel que se llamo Henry y que compartió mi mismo destino desde siempre. Murió a los 13 meses de haber nacido, derribado por un viento implacable desde unas gradas ya olvidadas por la memoria del mundo.

Me lo imagine por primera vez una mañana, camino a mi escuelita publica, era en 1982, yo tenia 8 años y los gorilas del país hacían la siesta bajo la Bandera Nacional.

Esa mañana llegaba tarde a la escuela y no quise cruzar ese portón de verjas grises, me senté bajo un árbol de flores anaranjadas y saque mi cuadernito y dibuje a Henry, desde ese día lo imagine como sería con mis años, como le hubiese quedado aquella camisetía que me, regaló el azulejo Bulnes, que decía España 82, allí Volvía a nacer Henry, mi hermanito que debió vivir siempre.

Inicialmente ese muñequito de ojos grandes y boca torcida se llamó tito, y así salió por primera vez en el periódico el heraldo, el 23 de noviembre de 1986, y hasta en febrero de 1991 le cambie el nombre: el Ñeco, era un nombre menos común, más suelto y fue el primero que se me ocurrió, y además ese nombre me gustó y no se explicarlo porque. Claro que tuvo procesos, antes él era más delgado, más formal, era totalmente vestido, al principio con su pantalón negro, luego de calzonetilla victory, de esas que traían nuestra mamás de El Salvador, pero el modelo neoliberal que inauguró el desastre latinoamericano en la década de los 90s hizo que el pobre se quedara desnudo, sin calzón, solo le quedó aquella camiseta del azulejo Bulnes, desde ese momento anda con la pinga al aire. Lo he hecho como ha sido emocionalmente mi vida, un niño de cerradas emociones, de ironías marcadas en su hablar, de sentimientos partidos en pedacitos.

Ese es el Ñeco, el que hice que naciera de nuevo hace ya tantos años, el que me ha hecho feliz y el que me ha hecho llorar cuando no lo encuentro en mis oscuros rincones de la imaginación que nunca dejaré de dibujar, por que Dios sabe que me hará falta la vida entera para vivir sin él.

 

 

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Un Perro De Raza Contra Políticos Aguacateros

Lo confieso, no me gustan los perros, los veo apolíticados, tienen esa mirada velona y falsa que tienen los políticos en los ojos.

Pero el Pijiriche es otro, quizá esa es la razón de por que me quede con él, es un perro con dignidad. Es marxista, ateo y beneficiado con la duda de la compensación social.

No se de donde, salió el caso es que llegó a mi un mediodía mientras saltaba una tapia destartalada de mi escuela, en plena fuga por una educación decente, el estaba allí, al pie de aquel muro, viéndome de reojo, yo apenas lo vi y quise pegarle una patada para que no supiera el delito mío, ese de querer vivir mi propia hazaña con el mundo, pero no, él más bien me siguió por las calles de aquel pueblito llamado Valle de Ángeles, yo tenia 10 años .

Y era el 2 de septiembre de 1985.

Así comenzó este amor perro que da rabia no tener los huesos suficientes para armar el museo histórico de la miseria.

Lo vi publicado por primera vez en 1991, ya en el Heraldo, pero no tenia nombre, era gordito y no parecía que era un perro callejero, más bien parecía un perrito de esos que van al salón perruno de esta sociedad encandilada en el ocote fino de la Robancina Nacional.

Así que día a día lo fui empobreciendo, dándole su propia identidad, volviéndolo ideológico y malcriado.

Y lo separe del Ñeco, por que con esa cólera que camina siempre, me lo podía morder.

Así que los separe y me dolió mucho, porque sabía que ambos tenían ideas diferentes, pera apenas duró un par de años esa separación.

No dormía pensando que hacia uno lejos del otro, así que el 14 de febrero del 2004, día del amor, los uní de nuevo y allí los tengo.

El nombre de Pijiriche vino un 19 de diciembre de 1996, mientras cruzaba una calle, cerca de la línea del ferrocarril en San Pedro Sula...un bolito caminaba dando tumbos y un perro lo seguía, a mí me pareció aquella escena como algo tan triste y me quede allí, clavado viendo esa historia.

De pronto el perro se me acerca y el bolito le dijo “vaya, vaya, fuera Pijiriche, deja de joder al cipote”.

Allí salió el nombre de Pijiriche.

El bolito no lo volví a ver, y en sueños creo que es un ángel de la guarda que me protege de mis debilidades y tristuras cuando recuerdo el alcohol que borro mi infancia.

Pero el mundo tiene vueltas inconfesables, y el destino nos pone trampas en la memoria del corazón. Un 1 de abril, de 1987, el Pijiriche murió arrollado por un autobús de school, de esos amarillos que cargan niños ricos, que luego se convierten en ministros bonitos.

La vida me dio una vuelta enorme en mi plena adolescencia, para mi, allí se acabo aquel amigo bueno, que jamás cuestionó mis llegadas tardes a la cita de la vagancia, ni me miró nunca mal, por mi mala costumbre de reírme de todo, la muerte del Pijiriche me hizo infeliz para siempre y nunca más creí en los amigos, ni en los amores eternos.

Pijiriche esta enterrado bajo un eucalipto en el cementerio de Valle de Ángeles, allí también quedó mi alma…